e continua....
"
TRIBUNA: JOAN SUBIRATSLos valores del machismo
Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.
EL PAÍS - Cataluña - 11-11-2004
En algunos comentarios de estos días sobre la campaña electoral norteamericana y el triunfo de George W. Bush se subraya la importancia de la estrategia de "liderazgo fuerte" como elemento diferenciador entre ganador y derrotado. Bush asumía el papel de hombre de la mayoría moral, con las convicciones firmes y tradicionales de todo "americano bien nacido", dispuesto a defender con fuerza y sin temblarle la mano la hegemonía de la nación escogida por Dios para propagar en el mundo la democracia american made. Y, en esa línea, los republicanos no dejaban de caracterizar a Kerry (como señalaba en The Guardian el que fuera asesor de Bill Clinton Sidney Blumenthal) como el partidario de un "internacionalismo afeminado, antipatriótico, con un carácter flojo y por demás elitista".
Lo que eufemísticamente se ha ido caracterizando como el peso decisivo de los "valores morales" en la campaña presidencial, no ha sido más que un uso descarado y manipulador de las bajas reacciones que aparecen cuando alguien se siente amenazado personalmente y ve en peligro todo aquello que le ha dado seguridad. Es entonces cuando el pánico social ante los interrogantes abiertos y el pánico sexual en relación con los derechos de las mujeres y los papeles de cada sexo se viste de patriotismo y de moralidad esencialista. No me extraña que Bush haya triunfado mayoritariamente entre los hombres y haya sido rechazado por una mayoría de mujeres. Su macho approach ha sido evidente y ha conectado perfectamente con lo que caracterizó asimismo el debate sobre el inicio de la guerra en Irak.
En los primeros meses de 2003 se popularizó la versión de Robert Kagan en la que asimilaba Marte con Estados Unidos y Europa con Venus. Unos, los norteamericanos, se preocuparían por los resultados, serían expeditivos. Los otros, los europeos, tratarían de no separar proceso de resultado. Los primeros tenderían a simplificar, los segundos a matizar. Los norteamericanos-poderosos-machos se enfrentarían así a los europeos-débiles-femeninos. Marte y Venus. Unilateralismo y multilateralismo. El inicio de las hostilidades y el aparentemente rápido desenlace inicial parecía dar la razón a la opción de la virilidad estadounidense. Transcurridos más de 18 meses, después de vergonzosas torturas (¿viriles?) y de muertos sin fin, la cosa debería matizarse notablemente. Pero ese mensaje tuvo su funcionalidad, y entroncó bien con la historia de un país (y sobre todo la historia aún reciente de los Estados que encuadran el Bush Country) acostumbrado a manejar armas y procedimientos expeditivos y viriles de resolver disputas.
Lo peor es ese intento de hacer pasar por "defensa de la familia" lo que no es más que un compendio de lugares comunes y de confusiones entre religión y buenas costumbres. Parece negarse la posibilidad de que una familia decente en Estados Unidos no se preocupe por tener unos servicios públicos correctos, unas políticas sociales que respondan con eficacia a los problemas de los niños, de los enfermos o de la gente mayor. ¿Una familia norteamericana y decente no ha de preocuparse de contar con escuelas públicas de calidad? ¿O no debe preocuparse esa misma y decente familia por disponer de derechos que le permitan defender sus condiciones de trabajo? O, rizando el rizo, ¿no debería estar orgullosa esa patriótica familia de ver como la solidez y vitalidad de esa milenaria institución atrae incluso a los mismos homosexuales, que se empeñan en ingresar en el club?
Detrás del liderazgo fuerte y viril, detrás del orgulloso patriotismo se esconde un mensaje peligroso y mixtificador. ¿Cómo podemos seguir confundiendo valores con el sembrar la intolerancia, confundir la Iglesia con el Estado, reemplazar la ciencia por la religión, y trastocar toda suerte de hechos y datos usando a la fe como gran parapeto? Poco a poco se van asimilando valores a paranoias, a tinieblas y a un reaccionarismo de lo más primitivo. Hace años que sabemos que en Estados Unidos existe una alma aislacionista, chovinista, puritana y de religiosidad fanática. Pero sabemos también que en ese mismo país han existido y existen dirigentes politicos y gentes de todo pelaje capaces de controlar estos resabios y practicar el respeto a la diversidad cultural y sexual, y a la autonomía individual y colectiva.
En la caravana de los valores familiares de Bush se ha metido toda suerte de monstruos. Desde su propia familia con valores bien asentados y conocidos que huelen a petróleo a gran distancia, hasta gobernadores recién elegidos que han planteado en su campaña condenar a pena de muerte a cualquiera que colabore en un aborto. Incluyendo asimismo a ese grupo de fanáticos evangelistas que pretende acabar con todo lo que define como patologías, es decir pobres, enfermos o de conducta sexual atípica.
Uno de los líderes de la extrema derecha norteamericana, Grover Norquist, bien conocido por sus campañas antiimpuestos, anunciaba: "América es un país de mayoría republicana: ámalo o déjalo". Pero lo cierto es que esa mayoría es cada vez más teocrática y machista que republicana. Y ante esa evidente realidad no me sirven de mucho consuelo las bromas que Michael Moore hace circular estos días en Internet aludiendo a que finalmente nos hemos librado de Bush ya que no podrá volver a presentarse y que ahora sólo le quedan cuatro años más de declive. Los demócratas se han fortalecido en votos y en capacidad de movilización, pero no han sido capaces de contrarrestar ese discurso populista y securizador. Los halcones republicanos han aprovechado bien el persistente nacional-patriotismo y los miedos e inseguridades de una parte de su población, y han superado a las palomas demócratas, llenas de matices y multilateralismo. Visto lo visto, y en una perspectiva de futuro que vaya más allá de la defensa numantina de la seguridad de los privilegiados, ni los palomas demócratas, ni nosotros mismos, deberíamos caer en la trampa de rehacer nuestra virilidad para poder triunfar. No renunciemos ni a nuestros valores ni a nuestra femineidad."
http://www.elpais.es/articuloCompleto.html?d_date=&xref=20041111elpcat_6&type=Tes&anchor=elpepiautcat
"
MARUJA TORRESValores
EL PAÍS - Última - 11-11-2004
Ardía Faluya bajo bombas de fósforo (equivalente al napalm que se arrojó en Vietnam: otra similitud, pero deliberada), en la pantalla de mi televisor, y yo me preguntaba, una vez más, cómo se las arreglan en las redacciones de las emisoras para vestir con palabras las imágenes empotradas que les van llegando sin apenas información, o al menos sin información fiable.
Porque éste es otro de los Valores Morales recién consagrados en las últimas elecciones celebradas en la sede del Imperio: el control del periodismo. Embridados los reporteros, queda el análisis, la lucubración, el juntar dos y dos y ver que suman cinco e intentar averiguar por qué y, honestamente, contarlo.
Tiempos encanallados éstos en que la técnica más sofisticada se pone al servicio de la ocultación. Sin embargo: ni siquiera la más refinada castración del objetivo pudo impedir mandarnos una imagen repugnante, en ausencia de aquellas que debieron mostrarnos a los muertos y los heridos y los hospitales machacados. Me refiero al grupo de orondos oficiales estadounidenses que presenciaban el desfile de blindados hacia la nueva ciudad martirizada. Se les veía excitados, como niños chicos que ven pasar la comitiva de Santa Claus. El obsceno espectáculo de los generales animando a sus tropas, camino del fracaso más grande de la civilización: guerra y muerte.
Pero no todo está perdido, amigos míos, o eso pensé cuando, en la televisión autonómica catalana, en el espacio La nit al dia, de la inteligente periodista Mònica Terribas, compareció como invitado Joan Roura, especialista en Oriente Medio de la casa y uno de mis reporteros de cabecera. Con talento, ambos se adentraron, primero, en el caso Arafat (otro punto periodístico oscuro) y sus consecuencias y, a continuación, en el laberinto iraquí. Bueno, fue un ejemplo de cómo la confesa y frustrante falta de material informativo puede ser, no ya sustituida, sino expuesta, analizada, juzgada y clarificada por opiniones de peso que portan el aval del conocimiento y la experiencia.
Así pues, nos hemos quedado atando cabos desde el tresillo de la sala. Habiendo tanto buen reporterismo al que se impide acercarse al lugar de los hechos.
Valores Morales. Puaf. "
http://www.elpais.es/articuloCompleto.html?d_date=&xref=20041111elpepiult_2&type=Tes&anchor=elpepiult
"
JOSEP RAMONEDAQuince años después
EL PAÍS - España - 11-11-2004
El día en que las tropas americanas iniciaban el asalto a Faluya coincidió con el 15 aniversario de la caída del muro de Berlín. Una casualidad derivada del calendario electoral: el destino de Faluya dependía de que los electores americanos dieran con su voto a Bush la orden de atacar. La coincidencia da para la melancolía. El 9 de noviembre de 1989 es una de aquellas jornadas propicias para creer que los ciudadanos de buena voluntad pueden llegar a triunfar sobre el despotismo, la insolencia y el abuso de poder. Tal fue la ilusión que algunos decretaron el fin de la historia. Pero la historia es terca y 15 años después asistimos en Faluya a la primera gran celebración bélica del triunfo de la revolución conservadora. Los ciudadanos esperanzados de ayer parecen completamente aturdidos hoy. En nombre de la lucha antiterrorista, se invita a los habitantes de una ciudad de 300.000 habitantes a abandonarla, sin cobertura ni asistencia alguna; se advierte de que los que se queden en sus casas serán considerados terroristas; se lanza un verdadero diluvio de fuego sobre la ciudad; y 12.000 soldados proceden a una operación de limpieza -vuelve la palabra mágica de los momentos del terror-, cuando, sin duda, los terroristas más peligrosos están actuando ya en otras partes. Se arrasa una ciudad para hacer posibles unas elecciones. Y Europa traga esta nueva manifestación de desprecio por el material humano -algo en que Bush y Putin parecen hermanos- en silencio y resignación porque los ciudadanos de Estados Unidos han hablado y nuestros gobernantes tienen miedo a significarse demasiado.
Sin embargo, los más devotos tienen prisa. Buttiglione, el comisario frustrado, que sigue paseando insolente su desprecio a las mujeres y a los homosexuales, está preparando un partido para dotar a Italia de una versión "teo-con" del neoconservadurismo en boga. Y Aznar se ofrece inmediatamente como correa de transmisión de la revolución conservadora a los partidos de la derecha europea. Los obispos españoles tienen menos suerte: el intento de aprovechar políticamente la oleada de religiosidad que viene de América ha producido, como ocurre a menudo cuando la religión se hace política, la división entre los suyos. España es compleja y cada obispo busca pasto donde puede para su rebaño, que hoy en día va escaso.
Algún día Estados Unidos fue modelo de sociedad abierta. Ahora triunfa la sociedad cerrada: la que cree que el orden jerárquico de las cosas viene establecido por Dios, que la fuerza es la mejor expresión de la voluntad divina, que hay un orden inmutable de las cosas basado en cierta idea de la familia, que Estados Unidos es el pueblo elegido para imponerlo, y que cualquier idea de responsabilidad compartida es de débiles. Hace 15 años triunfó el poder de la gente contra el abuso de poder, hoy triunfa la aceptación ciega del abuso de poder.
Alguien tiene que defender la sociedad abierta que Estados Unidos está abandonando. Y un cúmulo de circunstancias más o menos fortuitas hacen que se mire al presidente Rodríguez Zapatero. Su política de abierta discrepancia con la estrategia antiterrorista de Estados Unidos le marcó de partida. La secuencia de medidas destinadas a ampliar los derechos civiles y, por tanto, el reconocimiento de las distintas opciones personales, propio de la sociedad abierta, han completado el retrato. Y el mantenimiento de su política económica dentro de las coordenadas de la ortodoxia liberal ha impedido que algunos le acusaran de abrir por un lado y cerrar por el otro. Zapatero ha tenido la suerte de que Bush le ha demonizado en vez de ignorarle, que es lo que parecía razonable dado el limitado peso geopolítico de España. Lo cual, sumado a la irritación que provoca entre conservadores y clericales europeos, es una buena contribución a la construcción del personaje. Pero lo más importante, y a la vez complicado para Zapatero, es que, por fin, la izquierda vuelve a tener una agenda de movilización: contra la revolución conservadora. Hay quien dice que la victoria de Bush es el triunfo del político de principios; son los mismos que piden a Europa que renuncie a sus principios para someterse a Bush. Zapatero tiene la oportunidad de encontrar y liderar una mayoría social para defenderlos. "
http://www.elpais.es/articuloCompleto.html?d_date=&xref=20041111elpepinac_9&type=Tes&anchor=elpepiesp
"
TRIBUNA: SAMI NAÏRLa victoria de Bush
Sami Naïr es catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad de París VIII, y profesor invitado de la Universidad Carlos III.
EL PAÍS - Opinión - 09-11-2004
¿Después de la victoria de Bush, qué va a ocurrir? Hay quienes dicen que Bush va a "suavizar" su estrategia, sobre todo en el ámbito de la política internacional; lo que podría significar una apertura hacia la cooperación, aunque sólo fuera porque, fortalecido por su victoria electoral, podría dirigirse al mundo y, magnánimo, dejar a los dirigentes hostiles a su política de caos la responsabilidad de despreciar la soberanía popular en EE UU. Una vez reelegido, encontrará de todos modos oídos más atentos fuera de EE UU, aunque sólo fuese porque a muchos les parece peligroso dejarle actuar solo.
¿Qué puede ofrecer George W. Bush al mundo para realmente generar una adhesión mínima a su política? Crear las condiciones de una asociación internacional más amplia sobre Irak, negociar una salida de este país con el apoyo de la comunidad internacional, abrir un verdadero diálogo con Teherán y Corea del Norte, reactivar la Hoja de Ruta en Oriente Medio, dialogar sobre todos los temas en vez de imponer unilateralmente su visión.
Pero este hipotético giro no resistiría más que algunos meses al peso de la realidad: el Ejército de EE UU está comprometido en una derrota y la resistencia del pueblo iraquí pertubará estas ilusiones. De hecho, Bush será probablemente obligado aumentar el contingente americano, multiplicando así las destrucciones, los muertos y el odio del pueblo iraquí. De todos modos, es evidente que tal medida provocaría una reacción brutal de los iraquíes, aun los más moderados y favorables a una solución pacífica: sería una vietnamización del conflicto que podría durar por lo menos cuatro años más, y que Bush podría dejar como herencia a un nuevo presidente de EE UU.
Más vale no imaginar lo que sería Irak en este caso, o quién saldrá vencedor de esta batalla, incluso en el seno mismo de la resistencia. Pero si se recuerda que ni el vecino Irán, ni Arabia Saudí, ni tampoco Al Qaeda, quieren ver llegar al poder a los nacionalistas laicos, a los demócratas moderados, todo hace pensar que los islamistas acabarán por tomar este país. La ayatollazación de Irak no debe ser excluida, no más que una partición del país. Sea lo que sea, las decisiones de política exterior tomadas por Bush durante su primer mandato le impedirán probablemente ir más lejos en este eventual cambio de rumbo. Ha caído en la trampa de Irak.
En cualquier caso, lo sabremos muy rápidamente: si unos guerreros como Condoleezza Rice -quien encarna hasta la caricatura la excitación de los halcones estadounidenses- o Paul Wolfovitz -representante de la alianza entre la Administración Bush y el Likud israelí- son colocados en responsabilidades gubernamentales claves, las cosas serán muy claras. Bush ha hecho una campaña que prepara esta reorientación: ha navegado sobre la ideología de la seguridad, sobre el fundamentalismo identitario, sobre una visión apocalíptica del resto del mundo. La estrategia internacional de Bush puede resumirse en una fórmula: es una mezcla de mesianismo armado y de paranoia nacionalista.
En política interior, hay que esperar la reducción de los escasos restos de política social existentes, el refuerzo de una política que favorecerá a los privilegiados, la exacerbación del conservatismo moral y religioso (la Iglesia, que apoyó a Bush, tiene una revancha que cobrarse contra los sectores modernos de la sociedad en cuestiones como los matrimonios entre homosexuales).
Podemos subrayar algunos elementos importantes de la reciente votación en EE UU: en primer lugar, la conjunción del voto popular y el de las capas medias, no para favorecer el cambio, sino en una situación de repliegue social, cultural y político. Repliegue social relacionado con los efectos de la mundialización liberal, que desestabilizan fuertemente el estatus de estas capas intermedias, tanto en EE UU como en todo el mundo: precarización y flexibilidad del trabajo, incertidumbre sobre el futuro, descenso de la eficacia de las políticas sociales. De allí, la vuelta de una forma de maltusianismo de los derechos sociales, que estas capas quisieran reservarse para ellas solas. En una sociedad tan cruelmente individualista como la sociedad estadounidense, eso lleva a la exacerbación de la competencia entre los beneficiarios de esas políticas. Es la fibra que Bush hizo vibrar, al abogar por la baja de los impuestos y alabar la sociedad competitiva, en favor de los "ganadores", y represiva con los "perdedores". Es la famosa idea de la "ownership society", es decir, de la privatización integral del vínculo social. Ahora bien, éste es el discurso al que Kerry no supo contestar: se contentó con proponer ideas vagas sobre la solidaridad sin de veras tomar en cuenta la necesidad de enfrentarse radicalmente al discurso ultraliberal sobre lo social.
En segundo lugar, el péndulo del tablero político estadounidense se ha volcado mucho en los últimos años hacia la derecha y la extrema derecha; los demócratas, en vez de oponerse a esta evolución, se han, en su gran mayoría, sometido a ella. De allí también su incapacidad para enfrentarse culturalmente a los conservadores. Pues el deterioro de las condiciones sociales se ha vuelto, paradójicamente, un tema que favorece más la derecha que la izquierda. Thomas Frank acaba de publicar un libro con éxito titulado What's the matter with Kanzas? Según él, los pobres cada vez más pobres votan a los republicanos porque éstos saben hablarles en un lenguaje popular de clase, basado en unos valores muy tradicionales, siempre tranquilizadores en épocas de desesperanza. Es un discurso que difundió Bush a lo largo de su campaña, por medio de espacios televisados muy ingeniosamente preparados por el publicitario Michael Gerson y Karl Rove (es él quien le salvó del alcoholismo al hacerle descubrir la voz del "verdadero" Dios, protestante y fundamentalista). La cuestión de la identitad se ha vuelta decisiva en América, y eso con el telón de fondo de un gran repliegue cultural.
Este repliegue traduce una evolución profunda de las mentalidades. Está relacionado con el aborrecimiento de la contracultura de los años sesenta y setenta, acusada de haber favorecido un hedonismo destructor de las relaciones familiares; un multiculturalismo considerado como responsable de quebrar la unidad ideológica angloamericana del país; un mestizaje con unas consecuencias étnicas supuestamente devastadoras, y por fin un cosmopolitismo que perjudica las bases de la potencia americana en el mundo. Bush supo, a través de una campaña electoral demagógica y populista, utilizar este miedo cultural en su beneficio.
El ex ministro de Trabajo de Clinton Robert Reich define justamente este peligro en The American Prospect: "La derecha fue capaz de tornar la rabia de la clase obrera en resentimientos mucho más culturales que económicos porque nadie supo explicar a la América profunda lo que está pasando hoy en día (...). La guerra de clase cultural gana cuando la cólera no tiene otro medio deexpresión. Los republicanos hablan con un lenguaje de clase desprovisto de economía. La tarea de las fuerzas progresistas es la de colocar de nuevo el debate en el ámbito económico".
Es Bush quien ganó. Pero la explicación ya no es solamente social o cultural, estriba también en una mudanza política significativa. Se encuentra en el efecto 11 de septiembre y en el debilitamiento impresionante de la conciencia política que tuvo como consecuencia. Los mecanismos de representación política son cada vez más pervertidos por estrategias publicitarias que disminuyen considerablemente el nivel del debate político; los ataques personales, las acusaciones moralizadoras, se han convertido en temas mayores del debate político. Bush no ha dejado de repetir, a lo largo de la campaña, las mismas fórmulas sencillas sobre los temas más complicados: "Kerry no es digno de confianza porque cambia de idea; la economía va bien e irá mejor si la gente acepta responsabilizarse; Kerry quiere un Estado que os roba, yo quiero que el Estado os deje en paz y que no tome lo que tenéis en los bolsillos, etcétera". Esta retórica surte efecto en un país en el que el individualismo es el corolario de la incultura política. El efecto de simplificación que resulta de toda situación de guerra, incluida la que se libra en contra del terrorismo, el discurso maniqueo que lo sustenta, hacen casi imposible toda deliberación demócratica basada en el intercambio de argumentos razonados. Es el reinado absoluto de la opinión arbitraria y de la ideología cegadora, envueltas en unos eslóganes publicitarios. Este mercado de las ideas políticas está permanentemente fabricando ignorancia. De ahí la utilización masiva, a escala industrial, de la tragedia del 11-S. Después de ese atentado, George W. Bush decidió hacer de ello el triunfo mayor de su reelección futura; lo enfocó todo en torno a este asunto, desde la destrucción del régimen de los talibanes en Afganistán hasta la invasión de Irak. Bush jugó con todos los factores para ganar. Los americanos hicieron la elección de prorrogar su Administración. Para los pueblos que experimentan el yugo de su política, un periodo cruel se prolonga. Queríamos una América sabia, respetuosa de los derechos de los pueblos y de la gente. Tendremos un poder guerrero. "
http://www.elpais.es/articuloCompleto.html?d_date=&xref=20041109elpepiopi_7&type=Tes&anchor=elpepiopi
"
Saramago: "Con Bush gana la mentira"
EFE - Madrid
EL PAÍS - Internacional - 04-11-2004
José Saramago. ampliar
Con el triunfo electoral de Bush "gana la mentira como arma de destrucción masiva", denunció ayer el escritor José Saramago al presentar el libro El Nerón del siglo XXI, Georges W.Bush, presidente, de James Hatfield, primera edición en castellano de esta detallada biografía que en 1999 sembró la ira en los círculos cercanos al presidente de EE UU. Su autor, un periodista y escritor de Arkansas que se quitó la vida en julio de 2001, a los 43 años, retrató con una minuciosa investigación el estrepitoso ascenso de un hombre "más afortunado que talentoso", pero su libro no llegó al votante de las presidenciales del 2000, pues fue retirado por su primer editor, St. Martins, un día después de enviarlo a las librerías. Saramago aludió al problema ético "de tremendas dimensiones" que plantea para la humanidad el que Bush haya "expulsado la verdad del mundo".
El Premio Nobel portugués expresó su perplejidad ante el "proceso autista" que vive el pueblo norteamericano, "que ha hecho triunfar la mentira al aprobar y apoyar la política de su presidente". Y se preguntó hasta dónde se puede llegar los próximos cuatro años, "una vez demostrado, como ha hecho Bush, que con la mentira se puede destruir masivamente. Basta recordar los cuatro años anteriores para saber que ésta es su arma principal, su único medio de persuasión y todo hace pensar que seguirá usándola". "
http://www.elpais.es/articuloCompleto.html?d_date=&xref=20041104elpepiint_31&type=Tes&anchor=elpepiint

0 Comments:
Enviar um comentário
<< Home